Durante mucho tiempo, las reconstrucciones del pasado se organizaron alrededor de categorías aparentemente evidentes: hombres y mujeres, cazadores y cuidadoras, guerreros y madres, parejas heterosexuales y familias nucleares. Hoy en día, se sabe que se ha estado narrando la historia e investigándola desde una mirada sexista, invisibilizando o infravalorando el papel de la mujer en las sociedades pasadas. De esa forma, se relegó a la figura femenina de la caza y se la encerró en el ámbito doméstico.

La inclusión de la perspectiva de género en la investigación, sobre todo en arqueología, ha permitido conocer una faceta diferente de nuestros antepasados donde la mujer no ha formado siempre parte única y exclusiva del ámbito de los cuidados.

La arqueología feminista comenzó a denunciar este problema en la década de 1970. Varias investigadoras señalaron que tanto la práctica profesional como la interpretación del pasado estaban atravesadas por sesgos androcéntricos.

En los años 90, la arqueología queer fue más lejos y comenzó a cuestionar no solo los papeles asignados a hombres y mujeres, sino también la propia naturalidad de esas dos categorías y la tendencia a proyectar sobre el pasado el modelo heterosexual contemporáneo. Su propuesta trata de preguntarse qué posibilidades han quedado fuera de nuestras interpretaciones porque no encajaban en lo que considerábamos normativo.

 

¿Qué puede decir realmente un esqueleto?

La osteoarqueología es una rama de la antropología física que estudia los restos óseos humanos. Permite estimar ciertas características sexuales a partir de los huesos, especialmente cuando el esqueleto está completo y pertenece a una persona adulta. Sin embargo, estas estimaciones trabajan con probabilidades y poblaciones de referencia.

Existen restos que no pueden clasificarse de manera concluyente y las características anatómicas utilizadas no son idénticas en todas las poblaciones ni en todos los periodos. El análisis genético puede aportar información adicional, pero tampoco convierte por sí solo una combinación cromosómica en una identidad de género.

La identidad de género no se encuentra almacenada en un hueso como si fuera una propiedad química. La relación entre sexo y género siempre ha sido compleja.

La identidad de género puede dejar, no obstante, huellas indirectas en la cultura material y en las prácticas corporales. La ropa, los adornos, los espacios frecuentados, los objetos empleados, las actividades reiteradas, los tratamientos funerarios, las representaciones visuales y los testimonios escritos pueden contribuir a reconstruir cómo se presentaba y era reconocida socialmente una persona.

La teoría de la performatividad resulta especialmente útil en este punto. El género no se entendería como una esencia escondida en el interior del cuerpo, sino como algo que se produce y reproduce mediante actos cotidianos, gestos, vestimentas, usos del espacio y relaciones sociales. La cultura material no se limita a representar las identidades. También contribuye a crearlas. Los objetos pueden reforzar los códigos de género, pero también permiten negociarlos, transformarlos o contradecirlos, generando códigos fluidos.

El reto consiste en reconocer esos procesos sin asumir de antemano que los mismos objetos significaron lo mismo en todas las sociedades.

 

El pasado no tenía nuestras categorías

Uno de los principales peligros al estudiar otras épocas es observarlas con los conceptos del presente. Palabras como homosexual, heterosexual, trans o cis pertenecen a contextos históricos y políticos específicos. Esto no significa que en el pasado no existieran cuerpos, deseos, prácticas o identidades que desafiaran las normas de su sociedad. Significa que no podemos asumir que las personas de otras épocas se entendieran a sí mismas mediante nuestras mismas etiquetas e, incluso, que nuestras etiquetas signifiquen lo mismo ahora que en ese momento.

Aplicar una perspectiva queer no supone sustituir automáticamente la interpretación tradicional por otra construida con categorías actuales. Consiste, precisamente, en desconfiar de ambas operaciones.

Es decir, por una parte, no deberíamos dar por hecho que una tumba contiene a un hombre simplemente porque el esqueleto presenta determinados rasgos y aparece acompañado de armas, como sucede con el ejemplo de la guerrera vikinga de Birka.

Por otra, tampoco podríamos concluir inmediatamente que se trata de una persona trans en caso de encontrar un esqueleto con objetos ligados actualmente a la feminidad.

El sentido de los objetos, de los cuerpos y de los rituales funerarios depende de cada sociedad. Un arma puede indicar una actividad desempeñada durante la vida, pero también prestigio, pertenencia familiar, posición política, memoria colectiva o una decisión tomada por quienes realizaron el entierro. El ajuar funerario no es una fotografía transparente de la identidad de la persona fallecida.

Esta precaución constituye uno de los principios más fértiles de la arqueología queer: las identidades deben entenderse como variables, históricas y no esencialistas.

 

Lo excepcional también es evidencia

La arqueología tradicional ha tendido a construir sus explicaciones a partir de patrones repetidos. Cuando aparece un caso que contradice el modelo general —un cuerpo que no puede clasificarse con claridad, un ajuar inesperado o una asociación funeraria poco habitual— existe la tentación de tratarlo como una anomalía.

Puede considerarse un error de conservación, una excepción irrelevante o un dato que debe mantenerse al margen hasta contar con una explicación más coherente con la tendencia general. Sin embargo, la perspectiva queer propone prestar especial atención a esos casos. Lo extraño, lo minoritario y lo que rompe la clasificación pueden revelar los límites del modelo utilizado por la investigación y mostrar la necesidad de desarrollar un enfoque más amplio.

La imposibilidad de clasificar un esqueleto no es un fracaso provisional que deba resolverse obligatoriamente asignándolo a una de dos casillas. Puede ser una advertencia sobre la complejidad de la variación corporal o sobre las limitaciones de las técnicas y categorías disponibles.

 

Los cuerpos que dejaremos al futuro

La pregunta sobre cómo interpretará la arqueología futura nuestros cuerpos actuales permite comprender la magnitud del problema. En la actualidad, la mayoría de los enterramientos no llevan un ajuar asociado que pueda darnos pistas sobre la vida de la persona. Los nichos y tumbas solo contemplan el ataúd con nuestro cuerpo, salvo aquellas personas más adineradas con sepulcros y panteones que pueden permitirse mayor lujo de detalles.

Imaginemos una excavación realizada dentro de mil años. Si solo se conserva un esqueleto, quienes lo estudien podrán intentar estimar determinadas características anatómicas, la edad aproximada, algunas enfermedades, lesiones o actividades repetidas. Tal vez puedan obtener ADN. Pero ninguno de esos datos permitirá conocer automáticamente el nombre, los pronombres, la identidad de género o la experiencia vital de la persona.

En estos casos se prestará atención también a otros signos como los tratamientos médicos, intervenciones quirúrgicas, implantes o modificaciones corporales podrían aportar información, aunque no constituirán pruebas universales. Por ejemplo, los tratamientos hormonales influyen y dejan huella en la densidad ósea, lo cual ofrece información sobre tratamientos a los que se haya sometido la persona y con qué fin. A todo ello se le puede sumar si, junto al cuerpo, se conservaran documentos, fotografías, perfiles digitales, inscripciones, prendas, medicamentos, objetos personales o testimonios de otras personas.

En ese caso, la identidad podría abordarse mediante una red de evidencias. Aun así, seguiría siendo necesario estudiar el contexto: qué significaban esos elementos en nuestra sociedad, quién los eligió y cómo se relacionaban con la vida de la persona.

La arqueología futura podría equivocarse por la misma razón por la que hoy podemos equivocarnos sobre otras sociedades: porque la materia nunca habla completamente por sí sola.

 

Una arqueología que aprende a no saber

La arqueología queer no tiene como propósito buscar realidades queer, sino cuestionar y eliminar los sesgos heteronormativos y binarios al estudiar el pasado.

En este sentido, no constituye tanto una especialidad dedicada a encontrar identidades concretas como una posición crítica desde la que producir conocimiento. Su objetivo es detectar los mecanismos por los que algunas interpretaciones se presentan como naturales mientras otras se consideran improbables, excepcionales o imposibles.

Quizá los arqueólogos y arqueólogas del futuro no puedan saber con certeza cuál fue nuestra identidad de género. Lo que sí podrán es evitar que sus propias categorías borren de nuevo la complejidad de nuestras vidas. Porque los huesos proporcionan información, pero no una identidad completa. Entre el cuerpo y la persona siempre existe una historia social que también debe ser excavada.