El Gobierno de España ha declarado 2026 el Año de la Seguridad y la Salud en el Trabajo en una iniciativa aprobada por el Consejo de Ministros y vinculada al trigésimo aniversario de la Ley 31/1995.

El propio Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) ha presentado esta conmemoración como una oportunidad para reforzar la cultura preventiva y volver a situar a las personas trabajadoras en el centro.

Sin embargo, el valor de esta fecha no reside solo en su dimensión conmemorativa. Treinta años después de la aprobación de la ley, resulta evidente que el entorno laboral ha cambiado profundamente.

Las relaciones de trabajo, los modelos productivos y la organización de la actividad ya no responden al mismo esquema sobre el que se construyó la prevención en 1995.

Por eso, este aniversario no solo invita a recordar el camino recorrido, sino también a preguntarse hasta qué punto el marco preventivo actual está preparado para responder a la realidad laboral de hoy.

 

Un mundo laboral cada vez más complejo

La transformación del trabajo es, probablemente, el rasgo que mejor define el momento actual.

La digitalización, el trabajo a distancia, la aceleración de los ritmos productivos, el cambio generacional y la aparición de nuevas formas de empleo están modificando las condiciones en las que se trabaja y, con ello, la manera de evaluar y prevenir los riesgos.

De este modo, la exposición al riesgo ya no se explica solo por factores materiales o visibles, sino también por la organización del trabajo, los tiempos, las exigencias cotidianas y el margen de control de las personas sobre su actividad.

En este contexto se enmarca la voluntad del Ministerio de Trabajo de actualizar el enfoque preventivo. El Gobierno ha manifestado su intención de avanzar en la modificación de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales mediante la elaboración de un anteproyecto que adapte la norma a las nuevas realidades productivas.

Esta revisión pretende incorporar con mayor claridad cuestiones como los riesgos psicosociales, la salud mental, la transición digital, el impacto del cambio climático o la perspectiva de género.

En definitiva, se trata de asumir que la prevención necesita evolucionar para dar respuesta a un mercado laboral más diverso, más dinámico y, en muchos sectores, también más exigente.

 

Factores detrás de los “nuevos” riesgos

Los riesgos que hoy se hacen más visibles responden a causas bastante reconocibles.

  • En primer lugar, aparece la precariedad, que no solo afecta a la estabilidad laboral, sino también al grado de protección real del trabajador. La inseguridad en el empleo, la subcontratación o la falta de formación suficiente suelen generar entornos más vulnerables.
  • A ello se une la intensificación del trabajo, una realidad cada vez más extendida en muchos sectores, donde ha aumentado el volumen de información, el ritmo de trabajo y la presión, sin un aumento de plantilla.
  • También pesan de forma especial las exigencias emocionales, sobre todo en ámbitos como la sanidad, la educación o los cuidados.
  • Además, el trabajo ya no puede pensarse al margen de la conciliación, los cuidados o la distribución desigual del tiempo. En este marco, los horarios variables, la disponibilidad prolongada (ligada a la ausencia de desconexión digital) o la falta de control sobre el propio tiempo hacen que el trabajo se extienda más allá del espacio laboral y termine ocupando el descanso, la vida familiar y el tiempo de recuperación.
  • En paralelo, el cambio generacional y el envejecimiento de la población activa obligan a repensar la prevención desde una perspectiva más amplia, capaz de adaptarse a distintas etapas de la vida laboral, capacidades, trayectorias profesionales y necesidades de salud.
  • Dentro de esta revisión, la perspectiva de género resulta imprescindible. Las condiciones de trabajo no afectan por igual a todas las personas, y durante mucho tiempo determinadas patologías, exposiciones o necesidades preventivas han quedado menos visibles, especialmente en sectores feminizados o en trabajos vinculados al cuidado.

 

El protagonismo de los riesgos psicosociales

Es precisamente en ese nuevo escenario donde los riesgos psicosociales adquieren una relevancia central.

Hoy resulta más claro que la salud en el trabajo no depende solo de evitar accidentes o exposiciones materiales, sino del propio diseño, organización y gestión del trabajo diario.

En este sentido, cabe señalar que la OIT vinculaba 840.000 muertes a los riesgos psicosociales, y, concretamente a la tensión laboral (altas exigencias combinadas con bajo control), el desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, la inseguridad laboral, las largas jornadas de trabajo, acoso sexual, mobbing y violencia en el lugar de trabajo.

Estos datos evidencian que los riesgos psicosociales no deben entenderse como una dimensión secundaria o complementaria de la prevención, sino como una parte esencial de cualquier sistema preventivo eficaz.

 

Una oportunidad para avanzar

El 28 de abril de 2026 ofrece una ocasión valiosa para revisar dónde estamos y hacia dónde conviene avanzar.

La prevención ya no puede limitarse a reaccionar ante el daño; tiene que anticiparse a una realidad laboral más compleja y atravesada por nuevas formas de organización del trabajo, ritmos productivos y formas de exposición a los riesgos.